jueves, 24 de julio de 2014

No es cosa fácil y se opina a la ligera.

El menor de edad carente de amor y víctima de la injusticia social se sufre… repito, se sufre:

-Aquella tarde el chavo partió en dos un palo de escoba con la intención directa de enterrármelo en el costado, lo recuerdo bien- se negaba a barrer su espacio porque “la vida me ha enseñado que nadie me va a decir lo que tengo que hacer” afirmó a sus escasos 12 años. Una experiencia laboral junto a los internos del Tutelar de Menores Infractores, me tocaba supervisarlos: niños y jóvenes asesinos, violadores, rateros, etc.
Quien me conoce, sabe que a los largo de mi vida laboral he tenido experiencias directamente relacionadas con la vida a ras del piso, con la cruda realidad. No se diga en la experiencia de vida.

Cierta ocasión hice público que siendo menor de edad fui testigo de múltiples hechos extremadamente violentos en donde hubo sangre y muerte. Y en esos hechos las víctimas fueron jóvenes. Incluso muchos de mis compañeros de escuela fueron absorbidos por el vicio y la mal vivencia. Si ellos hubieran tenido la vigilancia y supervisión de sus familias, aún andarían caminando por la vida. Si ellos hubieran tenido amor.

Por ellos se fortaleció mi convicción y preocupación por aminorar la desgracia que como seres humanos les tocó vivir por la desintegración familiar.

He tenido la fortuna de compartir algunas de mis experiencias y aún más; he difundido, canalizado y ayudado a víctimas de problemas sociales relacionados directamente con la niñez y juventud en nuestro país.
No justifico los probables abusos y maltratos hacia seres indefensos, tampoco el aprovechamiento con fines de lucro anclado a una labor social y humana; ambas son aberrantes y suelen suceder muy a menudo, sólo basta leer un poco para enterarse. Pero sí defiendo y admiro la entrega de una vida a cambio de mejorar, en la medida de las capacidades propias, la de los demás.

Por lo anterior no concibo a quien haciendo uso de un espacio de comunicación masiva aprovecha desde “el otro mundo” como afirmara Mamá Rosa, para tachar, descalificar, acusar de manera hipócrita a quien lo decidió entregarse en vida y corazón al cuidado de quien no tuvo amor.

Invariablemente confirmo que para expresar una opinión, lo mejor es estar informado sobre el tema a tratar. No basta un nombre, firma o espacio en un medio de comunicación, por muy grande que sean,  que autorice a quien lo publica para calificar las cosas o actos y menos si esa opinión se basa en información de periódicos o televisión.

El tema de La Gran Familia ha dado para mucho y dará más por la forma en que se asomó a la vida pública. Hay dos testigos virtuales en la sociedad, unos defensores otros detractores.
Entre ellos cantidad enorme de comunicadores que desde la comodidad del sillón moldean, según sus intereses, la opinión de la sociedad. El análisis a profundidad queda de lado cuando lo que importa es la opinión rápida, ganar un lugar en el cartel mediático.

¿Te has preguntado cuántas “granjas” o albergues clandestinos existen en el país? Ahí sus internos se rigen bajo normas estrictas abaladas y autorizadas, en muchos de los casos, por sus propios familiares quienes los internan.
En fin, acusar a la ligera es lo más cómodo para muchos.
 
Y una cosa muy cierta: el olvido de las dependencias y autoridades gubernamentales es peor y hace más daño que un simple “sopla mocos”.

 

 

 

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