Debo confesar que al observar
las imágenes mi reacción fue primeramente de estupor seguida por cierto grado
de coraje. Niños y niñas siendo objeto de cateo a manos de elementos de la Policía
Federal, violando de forma flagrante sus derechos básicos en pos de la
seguridad del presidente Enrique Peña Nieto antes de la celebración del 204 aniversario
del Grito de Independencia en el Zócalo de la ciudad de México. Hechos
que me parecen una exageración.
Si por obvias razones
resulta incómodo que se invada el espacio vital de cualquier persona adulta, indigno es que se ordene y
permita el tocamiento de los menores cuya ilusión única es estar presente en la
celebración de la fiesta patria.
Es una exageración porque hasta
hoy en la capital del país no existen pruebas de que opere la delincuencia
organizada ilegal (pleonasmo escrito con toda intención, porque existe también la
delincuencia organiza que al amparo de legalidad atenta y afecta impunemente los
intereses de las instituciones, del pueblo en general y no pasa nada).
Exceso porque para la
realización de un acto de ésta naturaleza, con la presencia de los tres poderes,
la zona se convierte en un bunker. Miles de elementos de diversas corporaciones de seguridad todos bajo el mando único del Estado Mayor Presidencial;
patrullas, radios, cámaras. Cientos de elementos armados, uniformados y
vestidos de civil, dos anillos de acceso personalizado con detectores;
todo para llevar la fiesta en paz.
Actos de la autoridad
federal fuera de toda proporción y pasando, repito, por encima de los derechos
y dignidad de las personas. La seguridad en torno a la figura presidencial seguirá como ya lo vimos.
Hace sólo una par de semanas
alguien en torno al presidente dio la fabulosa orden de estacionar cientos de
automóviles de lujo sobre la plancha del Zócalo, vehículos que trasladaban a
los flamantes invitados a la firma del decreto del mayor logro político del
presidente Peña Nieto.
Derroche y opulencia ante
los ojos de todos en un país donde el 52% de su población vive en la pobreza. Donde
12 millones de personas viven en la extrema pobreza.
Plétora como
el ajuar de la esposa del presidente que presumió en una fiesta pública, cuyo
costo en sí ofende pero no así para los que escriben notas de la farándula que secundan y ensalzan el trabajo del diseñador, maquillista
y peinadores de la flamante “primera dama”, nueva integrante del jet set
mexicano.
Pero no toda la culpa es del
gobierno, enorme responsabilidad tienen los padres de
esos menores, acarreados o no, que permitieron la violación a los derechos
humanos y de la niñez a cambio de estar presentes en ésta fantástica (literal) fiesta
mexicana.
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